domingo, 14 de junio de 2009

Enséñame tus manos


Sus manos estaban en tensión. Aquella postura encerraba una declaración de intenciones. Las palmas replegadas sobre sí mismas con fuerza, eran hojas en blanco surcadas por cicatrices, no de palabras, sino de recuerdos. Recuerdos que ya no tiñen, pero tampoco desaparecen.
Las observaba con el mismo detenimiento con el que analizaba las manos de otros, su movimiento, su cadencia, su lenguaje intrínseco, las pistas que ofrecen, la magia que esconden y que pueden materializar. Pero había una diferencia clave a pesar de todo. Ella sabía el por qué de lo que veía, sabía lo que había vivido y el modo en que había hecho mella en sus emociones.
Eso siempre le había llamado mucho la atención. La distinta forma en que dos personas pueden reaccionar ante situaciones externas completamente idénticas. El modo en que nos afecta la igualdad. El modo en que nos marca la diferencia.
Y ahora, ¿Qué secreto o secretos ocultaban? ¿Por qué los puños estaban apretados sin dejar a los dedos que surcaran libres el aire, el espacio en constante movimiento?
Quizá era sólo por retener algo que le había costado mucho conseguir. Por miedo a perderlo, por temor a que si dejaba una sola ranura hueca, todo aquello se esfumara. Qué complicado se torna todo tarde o temprano. Unos puños que luchan contra lo inevitable. Una historia que camina de espaldas.
Se pregunta.
¿Es correcto luchar contra el devenir natural de los hechos?
¿Es útil hacer fuerza eternamente para evitar que algo, que debería mantenerse y alimentarse por sí mismo, se desvanezca?
Me pregunto.
¿Entiendes algo de lo que digo?

domingo, 7 de junio de 2009

Fuego camina conmigo.


Le dije: "Monta, que te llevo al sol"

Me djo: "Que tontería... ¡Arderás!"

Le dije que no pensaba ir de día y se ría. "Ya verás, - le decía - si te fías de este guía. Dicen que cuando llegas hay un flash". Y me creía, me daba alas, parábamos a dar caladas en coordenadas desordenadas. Sentados en el Meridiano de Greenwich dejábamos colgar las piernas, sabiendo que la búsqueda era eterna y que hay muchas paradas a lo largo del camino, y que lo importante no es llegar sino... sino el camino en sí. Miramos a atrás y supimos que nadie volvería a vernos más.


Javier Ibarra (Kase.O)

sábado, 2 de mayo de 2009

Aún no es demasiado tarde.


Me siento a esperar con la vista fija en las últimas palabras que salieron de tu boca.

Me siento a esperar porque de una noche estrellada, como la de hoy, se puede recibir más que de muchas personas.

Si ves una luz en torno a mí, no te asustes. No estoy aquí para impresionarte y menos aún para darte la espalda.

Labios jugosos. Manos frías. Corazón caliente.

Creo en la magia porque me he visto levantarme medio millón de veces y seguir con la cabeza alta a pesar de todo.

Creo en la magia porque te he conocido a tí.

Cuántas veces he deseado poder escapar de mi cuerpo y verme como tú me ves, como ven todos ellos. Contemplarme sin juzgarme. Opinarme sin medir.

Hoy voy a escribir lo primero que se me pase por la cabeza, aunque no tenga sentido alguno. Al fin y al cabo las frases coherentes sólo disfrazan el absurdo que nos rodea, pero escribir correctamente es importante. Toda una declaración de intenciones. Un acto de buena fe.

Con tanto alcohol en la sangre nadie sabe lo que hace, pero quien es cuerdo lo es hasta el final. Te lo digo yo.

Y si me lo dices tú, sólo enséñame paciente, para que pueda aprender a creerte. Porque yo he traicionado muchas veces. Tantas como me inventé historias para hacerme sonreír y encontrar un motivo para salir a flote. Aún así fue un pecado.

Hoy es igual que ayer, e igual que mañana, pero yo me mudo el alma unas diez veces al día y desde ese momento todo cambia a mi alrededor.

Porque la inestabilidad llega cuando a pesar de caminar por una línea recta, rectísima, uno sabe que está en la cuerda floja y que tambalearse sale caro.

Tener miedo es lo único que puedo perdonarte, pero si no logro cambiar mínimamente esa sensación tarde o temprano, me tocará asumir mi derrota.

Porque guardo un abanico de razones para confiar debajo del brazo. Porque yo no nací con un pan, sino con verdades, porque debe de haber alguien a quien le puedan servir.

Supongo que dejé de ser ambiciosa cuando conocí el verdadero poder de la vida, cuando me di cuenta de lo insignificante que soy... pero hay algo que no puedo cambiar: Mi adicción suprema, la tentación que me guía; Buscar una víctima, una excusa para devolverle al mundo una esperanza.

Hay motores que nunca se apagan, que mueven milagros en universos pequeños, tan pequeños, que con un mínimo descuido se rompen para siempre.

Yo puedo cuidarte, de la misma manera que cuidé de mí y limpié mis heridas. De la misma manera que lavé una piel de cicatrices para que alguien volviera a acariciarla y renovase el placer.

El tiempo. El espacio. Tú. Yo. El mundo. Un punto. Una inmensidad.

Hay tantas formas de contar una misma historia... Pero sólo existe una versión capaz de condensar la intensidad de un momento: Vivirlo por uno mismo, guardarlo y saborearlo después.

No te quedes con ganas de nada. No te reserves el aliento. Es preferible que tu aire se agote por la agitación, a respirar sin cesar porque te sientes ahogado. ¿No crees?

Y ahora es cuando viene el suspiro. Todo eso que nos callamos. Un sentimiento más que se muere en favor de un silencio. Júntalos todos y díme sin adornos lo que me quieras decir.

Aún no es demasiado tarde.

Ella baila sola...





























... Y yo, también.

viernes, 1 de mayo de 2009

El poder de las horas



Clarissa Dalloway dijo que compraría las flores ella misma. Tomó esta decisión al comprender que si no lo hacía, nadie lo haría por ella. Toda una vida avalaba este pensamiento. No merecía la pena esperar.

El tiempo es muy valioso y ella estaba triste porque una vez más se había equivocado. Depositar la fe en el lugar erróneo se paga caro y una mujer siempre es experta en esto: La mujer y la decepción. Algún día escribiría sobre ello. Pero aunque el tiempo es valioso hoy sólo le quedaban fuerzas para lamentarse, para pensar en todo lo que no era y en las batallas perdidas.

Un ramo de amapolas para su fiesta en honor de los fracasos, por las promesas que nunca se cumplen porque la buena intención caduca a mitad de camino.

Sabía muchas cosas que no hubiera querido saber. Verdades inútiles que ni siquiera podían prevenirle del sufrimiento.

A la vida le pedía poder creer en algo. ¡Cuán efímeros son los rayos de luz que una persona desprende! Al final uno sólo puede pintar una cosa, tal vez porque el final es el mismo para todos.

Clarissa Dalloway tenía un rostro que no le correspondía, un cuerpo al que no reconocía su espejo. Su mente nunca estaba en buen lugar y a ningún viaje se llevaba maletas.

Sólo un día... sólo uno para el desengaño.

¿Qué hubiera pasado si aquel día las cosas hubieran salido bien? Ni siquiera fue capaz de apagar la luz. Cuánta torpeza...

¿Qué puedo hacer ahora?

Clarissa Dalloway se despertaba rodeada de excusas, comía rodeada de excusas, se acostaba rodeada de excusas. Ella misma era una excusa. Todo lo que se había inventado, todos sus intentos recubiertos por una densa capa de polvo, de hollín.

Y sí, ¿Qué puedo hacer ahora que he comprendido que no hay nadie a quien pueda agarrarme?

¿Qué puedo hacer ahora si sólo me quedan estas flores marchitas que un día compré para tener un motivo por el que maravillarme?

¿Dónde quedó la belleza?

La vida no era cruel, pero sin duda, algo había salido mal y era demasiado tarde para remediarlo.

Igual, si se tumbaba en el suelo desnuda y cerraba los ojos... no pretendía hallar ninguna respuesta. Lo único que quería era ser capaz de ver las cosas fáciles por un momento.

Harta de correr por laberintos, sin aire, sin sol. De ver puertas cerradas. ¡Oh! También estaban aquellas que se abrían y conducían a un abismo en cuanto las cruzabas.

Un ladrón vino una vez al alba y se lo llevó todo.

Un ladrón sin rostro, un ladrón vengativo, como todos los que roban la ilusión.

Clarissa Dalloway dijo que compraría las flores ella misma.

Ella era la eterna anfitriona que jamás recibía un gracias... sólo espaldas de indiferencia.

Pero le quedaba aquel ramo acomodado en su viejo jarrón, que adecentaba con gracia mientras saboreaba la amargura de aquello que alguna vez escuchó y hasta hoy no había comprendido: "Sólo hay una cosa que no perderé nunca. Y esa soy yo misma."


domingo, 26 de abril de 2009

Muy pronto oscurecerá.




En medio de la vía te confieso que necesito una tregua, y también añadiría algo más, para que veas que no eres el único que se siento perdido, a la deriva y harto de sí mismo: De mi quema sólo salvaría a los niños. Esa es mi verdad, ese es mi secreto.


Sólo a ellos porque el resto del mundo acaba por causarme repulsión tarde o temprano, porque todos me parecen igual de vacíos, porque no entiendo nada cuando hablan, porque no veo luz cuando miran, porque en lugar de moverse se arrastran, porque somos una especie de basura que apesta.


Todos me sobran excepto los niños. Ellos me devuelven la esperanza cuando creo que ya está todo perdido.


Ellos son la única compañía que no le sale cara a mis emociones. Por ellos vendería toda la calma de mi soledad porque siempre saben cómo acariciarte el alma.


¿Qué te parece?


¿Te sorprende?


No estás solo en el sinsentido y la rabia no es mala, siempre y cuando no te impida seguir buscando una salida. La diferencia entre tú y yo radica en las puertas que te cierras, en no ser capaz de valorar la oportunidad que tienes en tus manos en este preciso instante. La diferencia entre tú y yo es que vas a dejarme escapar porque no tienes agallas para implicarte en lo inesperado. La diferencia entre tú y yo es que vas a perder este tren y cada vez te alejarás más de tí mismo.


Muy pronto oscurecerá.
PD: Fotos por cortesía de mi muñeco.

sábado, 11 de abril de 2009

Historias para no dormir...

¿Quieres que siga…?
Le preguntó Carolina al maniquí, pero no respondió. Aún así, ella siempre encontraba una buena excusa para justificarla: “el juego de dar y recibir placer no siempre es tan simple.”
Carolina acariciaba su torso desnudo, sus senos, convencida de que sólo una mujer es capaz de saber lo que otra necesita realmente. Y sí, esta idea la alentaba a continuar con esmero, con la combinación exacta de calma y furia, pero no obtenía respuesta alguna en su compañera.
“A veces no basta con no apartarse. Acercarse es importante también.”
Ella era una experta en esto. Todas sus relaciones, las que eran efímeras por acuerdo, y las que se prometían algo más, se habían caracterizado por ser la pobre tonta que da y nunca recibe. Y no le frustraba tanto el hecho de dar y no recibir, como que esta situación, alimentada por el temor a agobiar a la otra persona, le impedía entregarse plenamente, como quisiera.
Seguía amando a ese trozo de plástico que posaba sus ojos sobre ella, sin mirarla siquiera, y no podía evitar preguntarse cuándo sería el día en que pudiera conocer a alguien dispuesto s recibir y valorar todo lo que tenía.
Anhelaba muchas cosas. Anhelaba una relación con menos esperas, en la que no hiciese falta morderse las ganas, ni la lengua.
Anhelaba ser capaz de enfadarse lo suficiente como para mandar a paseo a todos aquellos que la creían capaz de entender y perdonar cualquier ausencia…
Y entre tanto sueño roto, entre tanta esperanza truncada, las manos le empezaron a doler. Notó mil cuchillas de hielo atravesándolas, y el calor de la llama, como remate final.
Se asustó.
No era capaz de explicarse lo que había ocurrido. Y el maniquí permaneció impasible, en un mundo del que ella jamás podría formar parte: la indiferencia, el dejar las cosas pasar sin tomar ningún partido.
Fue al cuarto de baño y se examinó frente al espejo. Reconoció lo que veía, pero sus manos estaban igual que lo habían estado siempre. Manos hechas para surcar la piel de otros.
Sólo cuando se mimó a sí misma, sólo cuando descubrió el tacto y el sabor de su propio cuerpo, consiguió que cesara el dolor. Desde ese día, la vida fue un poco menos cruel.

PD: Gracias por la inspiración.